Síguelo por e-mail

domingo, 12 de agosto de 2012

Súper ricos, súper desiguales.

El 29 de octubre de 1929 Wall Street tembló y sucumbió en lo que se llamó el martes negro; anteriormente, ya desde principios de ese año se vivían convulsos momentos de la economía norteamericana y todo hacía presagiar, aunque los vaticinios quedaron algo cortos, una fuerte caida de la economía. El crash de la bolsa desencadenó la mayor crisis que se recuerda, extendiéndose por el resto de paises durante años; en algunos, como USA, a finales de la década de los 30 comenzó a superarse, sobre todo por la puesta en marcha de la maquinaria industrial de la fabricación de armamento y en otros, la mayoría, debió llegar los años 40 para estabilizar sus finanzas. Mientras las clases trabajadoras y de rentas más bajas veían cómo se quedaban sin trabajo, sin medios casi de supervivencia, los más ricos, el 1% de la población, manejaban el 24 % de la economía nacional. Aún en la actualidad ese promedio no suele bajar del 23%. Fue el presidente Franklin D. Roosvelt quien promovió una serie de medidas impositivas y sociales para equilibrar esa desigualdad y lograr la recuperación nacional; su popularidad creció "como la espuma" y se le sigue recordando de manera especial por ello.

Hasta los años 80, con la llegada al poder del presidente Reagan en los Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña, que se instauró como sistema lo que se ha llamado neoliberalismo, las desigualdades se mantuvieron dentro de un "lógico" desequilibrio. Los últimos 30 años han destacado por la protección a las rentas del capital frente a las del trabajo; bancos y especuladores se han hecho en este tiempo con el control absoluto de las economías internacionales y con una más que notable influencia sobre las clases gobernantes, sobre todo a través de los grandes medios de comunicación. Financiando, directamente donde está legalmente reconocido o si no mediante subterfugios legales, los partidos políticos y, por tanto, los gobiernos se han visto dirigidos hacia políticas conservadoras y proteccionistas de sus prácticas, como poco y a la vista de los resultados con una escandalosa falta de criterios éticos y sin considerar el bien común como finalidad de las mismas. Simplemente se les devuelve con una legislación más que permisiva los favores obtenidos durante décadas. Aún hoy y a pesar de ver las graves consecuencias sociales de esta política, antes se persigue despiadadamente a quienes sustraen alimentos de un supermercado, al más puro estilo Robin Hood, que a quienes han llevado a la ruina total a entidades financieras y, por tanto, a paises enteros. Casos como el de Islandia o Brasil, donde se han sentado en el banquillo a responsables políticos y ejecutivos son simple anécdota mundial. En países como Italia, España, Grecia, etc., siguen paseando como si nada hubiera pasado.

Como expresa el escritor español, reconocido poeta y dramaturgo, Antonio Gala en una entrevista concedida al periódico El País, que al ser preguntado por si la gente aguanta más allá de lo razonable, éste contesta que no, que lo hace más allá de lo histórico: "Es que una cosa no se puede consentir: no-se-puede-pasar-hambre. ¡Lo primero que tiene que hacer un Gobierno no es evitar que quiebren los bancos, sino que no haya hambre!" Y es que el gobierno, al menos el español, ha demostrado la mayor inoperancia que se recuerda, pero es que además, no quedándose contento con ello, ha empezado un desmantelamiento pieza a pieza de derechos y libertades ciudadanas que dentro de algunas décadas se estudiará, seguramente, como una época oscura de la historia de nuestro país, seguramente comparada, aunque de otro signo, con los cuarenta años de dictadura militar vividos en la segunda mitad del siglo XX: el aplastamiento implacable, sin razón, de la sociedad civil que, además, es la única inocente de cuanto ha pasado y está pasando. Es momento de revoluciones, por ahora pacíficas, sin violencia, usando la fuerza de la resistencia y la protesta; pero... ¡Quién sabe!

El Presidente no goza de popularidad, incluso cada vez menos entre votantes de su fuerza política, sobre todo debido a la mano dura que exhibe con los más débiles en la crisis, las clases trabajadoras, funcionarios, parados y jubilados. En Europa se le ve débil y no se le respeta como igual mandatario, juega en segunda división, pero además en los puestos de cola, jugándose el descenso a tercera y con ello arrastrando sin compasión a su pueblo. Algo inusual ante un gobierno de derechas se ha podido ver en los últimos meses, el ejército se manifiesta abiertamente contrario al gobierno y las medidas adoptadas por éste. Los jueces y fiscales ya barajan ponerse en huelga este otoño tras la vuelta al trabajo tras el parón vacacional de la justicia de agosto. A propósito de vacaciones, es incomprensible que el Gobierno se vaya de vacaciones, aunque se queden cerca y localizables (como el Ministro de Turismo, el canario José Manuel Soria, que descansa en la isla de Lanzarote en un complejo de lujo declarado ilegal por el Tribunal Superior de Justicia de Canarias y que uno de sus propietarios está involucrado en al menos dos casos de corrupción. ¡Que viva el ejemplo!) porque el país necesita salir del profundo agujero y este  grupo de privilegiados que se embolsa cada uno más de 70.000 € de sueldo al año, lo menos que debe hacer es no descansar, seguir luchando y si no, dejar paso a quienes tengan capacidad y disposición para intentarlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario