viernes, 2 de noviembre de 2012

Abortar.

Siguen sumándose colectivos en contra del proyecto de nueva Ley del Aborto que pretende sacar adelante el Ministro Ruiz Gallardón; sus cambios, en algunos aspectos son tan drásticos que nos volverá a colocar en etapas incluso anteriores a la primera regulación de la interrupción voluntaria del embarazo. En los últimos días han sido profesionales de la medicina, ginecólogos, obstetras y otros especialistas, firman un manifiesto poniendo de relevancia lo incongruente de la medida. Las legislaciones europeas más restrictivas en este tema son las de Irlanda y Malta; ahora el Gobierno de Mariano Rajoy, presionado por la jerarquía eclesiástica española y los grupos ultracatólicos, quiere colocarnos en ese vagón de cola de los avances sociales y las libertades de la mujer. Si conocieran de primera mano los motivos que llevan, en la gran mayoría de los casos, a una mujer embarazada a solicitar la interrupción del proceso, sabrían sin duda alguna que el paso que dan no es una fiesta, no es motivo de alegría ni se toma con ligereza la decisión.
 
 
Problemas personales, sociales o familiares de todo tipo, unidos a esas otras causas de "fuerza mayor" -las que ahora también quieren eliminar de un plumazo- donde la genética juega un imprevisible papel en enfermedades y/o malformaciones que abocarían a ese futuro ser a una vida desgraciada y muchas veces casi inhumana. Ni que decir tiene que esas mujeres, tras serles practicado un aborto que necesitan por alguno de los motivos expuestos, pasan por problemas sicológicos, afectivos y hasta de rechazo a sí mismas y a sus parejas. Si valor le doy ya a la mujer por su alta capacidad para resistir mejor que nosotros el dolor y las contrariedades, sin mencionar otras cualidades de gestión y organización más que demostradas, más valor le confiero al hecho de tener que renunciar a algo que suele ser una consecuencia biológica y natural como es el de ser madres.
 
 
Por diversos motivos, profesionales la mayoría de ellos, me tocó vivir la época de los viajes de fin de semana a Londres o Ámsterdam en la década de los 70; el destino lo marcaba más la confianza del ginecólogo que la trataba por las clínicas y los métodos británicos  u holandeses que la propia mujer, dado su momento de desesperación o necesidad que vivía con un embarazo no deseado o conflictivo por salud. Los casos, a veces, pasaban de la normalidad, se conocían abusos, descuidos, infidelidades... Pero también los que llegaban por la simple recomendación médica dado los factores de riesgo para el feto, la madre, o incluso ambos. Poco a poco la sociedad española evolucionaba tras el fin de la dictadura franquista y esos fines de semana pasaron con el tiempo a ser puramente turísticos. Tanto Londres como Ámsterdam son ciudades que valen la pena disfrutarlas paseando, visitando sus museos o haciendo compras y no convertirlas en el triste y amargo recuerdo de una necesidad. Si el cambio de la Ley se produce, el turismo dejará de nuevo paso a ese incesante gotear de españolas que se ven obligadas a irse adonde les puedan dar solución a un problema que les ha hecho tomar una de las decisiones duras de su vida. A mi, no me cabe la menor duda. A esto hemos de añadir los que todas las asociaciones médicas y de defensa de la mujer no paran de denunciar: se producirán miles de casos de abortos clandestinos de nuevo en España; unos por incultura o falta de información, otros por pura razón económica, ya que no sólo cuesta hacerlo sicológicamente, también significa un desembolso de dinero de cierta importancia, que si tenemos en cuenta las actuales circunstancias que la crisis nos brinda será muy significativo y, para muchas, imposible gasto.
 
 
Quienes pensamos que de la libertad y los derechos conseguidos no podemos hacer renuncia, esperamos que se tome conciencia más allá de las simples creencias religiosas de quienes gobiernan, ya que, entre otras cosas, deben gobernar para todos, para todas. La religión no puede ni debe frenar la evolución social, la política no ha de interferir en cuestiones de ética. Cada humano ha de ser responsable de las decisiones que tome en su vida y nunca imponer por la fuerza criterios que sólo afecten a las creencias. Todo parece apuntar a que ciertos sectores sociales y el Gobierno actual nos vuelven a designar como reserva espiritual de occidente según los más estrictos cánones de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.
 
 
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